La dignidad de la persona enferma
23 agosto, 2016  //  Por:   //  Espiritualidad, Medicina y Salud, Persona  //  Los comentarios están cerrados   //   682 Visitas

¿Por qué es importante hablar sobre la dignidad del enfermo? ¿Por qué confirmar y validar su dignidad? Es relevante especialmente en los tiempos actuales en los cuales se realizan aproximaciones reductivas a la persona que no tiene íntegras sus capacidades físicas y funcionales; quien vive en condición de enfermedad y limitación es con frecuencia marginado, visto como menos valioso.

El cuidado del enfermo se fundamenta en una relación personal, más bien interpersonal, es decir un encuentro entre dos personas, con igual dignidad y valor; resalto la cualidad de igualdad, para aclarar que tener una mejor salud no lo hace una persona mejor o más digna.

Trataremos de profundizar en la realidad del hombre que vive la situación de enfermedad y procuraremos comprender el hecho que su dignidad como ser humano no se vea afectada.

Fundamentos antropológicos

Creados con una identidad personal

Como punto de partida es importante aproximarse al enfermo en su realidad personal, como un hombre concreto que vive, anhela, espera, sufre, que tiene una identidad propia y una dignidad al ser creado por amor de Dios a su Imagen y Semejanza (Gén 1,26).

Este dato de la revelación significa que la persona humana es una creatura predilecta del Creador, pensada individualmente, fruto de un pensamiento de Amor, salido de las manos providentes de Dios, con una huella indeleble en su esencia que refleja la identidad de amorosa de Dios. Podemos afirmar entonces con Ramón Córdoba, médico colombiano, que «el hombre, tomado en su totalidad, es un ser diferente de los otros seres vivos, con cualidades que lo hacen distinto, con características exclusivamente suyas y no son únicamente diferencias orgánicas» ((Ramón Córdoba Palacio. Ser médico. Misión del médico. Persona y Bioética. 2015;19(1): 142-148)).

Al crearnos Dios nos regala una identidad, que se expresa en las características propias que van desde lo más externo, como las cualidades físicas y biológicas, hasta las más internas, que son más esenciales. El hecho de llamar a alguien por su nombre rescata su identidad. Es fundamental recordar este dato, especialmente hoy cuando las personas enfermas ya no son Pedro, Juan, Carlos, sino el “infarto” la “diabetes”, el “cáncer”. Ellos no son enfermedades, sino enfermos.

El hombre ha sido creado también como un ser libre y responsable, llamado a desplegarse con su acción. Tener en cuenta este elemento nos ayuda a comprender que en ocasiones la salud depende en gran parte de las elecciones de las mismas personas; aunque esta libertad será mucho más plena si es que opta por aquello que lo hace más persona, que está en coherencia con el Plan de Dios. Lo que se busca al asistir a un enfermo es que pueda lograr el máximo despliegue, según su capacidad y sus posibilidades, en las coordenadas del designio divino. Tener respeto por la condición libre de cada persona es una expresión de respeto también por su dignidad.

Siendo entonces creatura de Dios; más aún, habiendo sido elevado a la dignidad de hijo de Dios, la persona encuentra allí el valor que tiene. Su dignidad no se reduce a su corporeidad, a su eficiencia ni a su bienestar físico. Son aspectos importantes, pero no determinantes.

El hombre, un ser integral

«Así que incluso la enfermedad, la experiencia del dolor y el sufrimiento, no sólo afectan la dimensión del cuerpo, sino al hombre en su totalidad. De ahí la necesidad de una atención integral que tenga en cuenta toda la persona y que, a la atención médica, vaya también unido el apoyo humano, psicológico y social, la dirección espiritual y el apoyo a los familiares de la paciente» ((S.S. Francisco. Discurso a participantes en el Congreso de la Sociedad Italiana de Cirugía Oncológica. 12/4/2014)).

El ser humano desde una óptica de la tradición cristiana se comprende como un ser unitario, que posee tres dimensiones, cuerpo, alma y espíritu, cada una con un valor especial, que enriquecen su dignidad.

El cuerpo, lo que manifiesta la exterioridad del hombre, en una visión cristiana no es un aspecto despreciable, incluso está elevado a una dignidad alta; sin embargo, no ocupa el lugar privilegiado en la jerarquía de las otras dimensiones. No se trata de que se convierta en un objeto de culto e idolatría como se entiende hoy en una cultura marcada por el hedonismo, consumismo y materialismo. El alma o la dimensión psicológica es la dimensión por medio de la cual pensamos, sentimos, queremos; es donde actúa propiamente la razón, las emociones y la voluntad. Es el principio mismo de la vida humana, la sede de la personalidad. Y el Espíritu consiste en la dimensión o zona de actividad nuclear, la más profunda del hombre en la que se encuentra el punto de encuentro con Dios. Corresponde a la dimensión esencial, que refleja la mismidad de cada persona.

El Papa Juan Pablo II, exhortaba que «al estar frente a un ser humano integral, los profesionales de la salud no pueden limitarse a hacerse cargo de órganos o de aparatos, sino que deben hacerse cargo de toda la persona» ((Ver Juan Pablo II, al XV Congreso Mundial de Médicos Católicos – Roma 1982)).

Estas dimensiones del hombre están en estrecha relación: es así que lo que afecte a una, se reflejará fácilmente en las otras. Así se entiende la multifactoriedad de algunas enfermedades, así no son únicamente los factores biológicos, orgánicos y fisiológicos los que intervienen como causales, también hay variables psicológicas y espirituales que favorecen la expresión de una enfermedad corporal. Siguiendo el mismo principio relacional, la enfermedad de alguien en su cuerpo tendrá repercusiones en el alma y en su vida espiritual. De esta manera la salud que habrá que proporcionarse será integral, atendiendo no sólo las necesidades físicas, también considerar las más profundas.

La persona del enfermo

«La persona, en cualquier circunstancia, es un bien para sí misma y para los demás y Dios la ama. Por eso cuando su vida se vuelve muy frágil y se acerca el final de la existencia terrenal, sentimos la responsabilidad de asistirla y acompañarla de la mejor manera» ((S.S. Francisco. Mensaje a la Pontificia Academia de la Vida. Marzo 2015)).

La condición de enfermedad comporta una realidad particular para quien la vive, que teniendo en cuenta la individualidad, es comprensible que la vivencia no sea similar para todos ni generalizable. Es por ello que cuando nos situamos ante una persona concreta, descubrimos una dimensión existencial, que brota de su interioridad, de sus anhelos más profundos, sus angustias, sus expectativas. Lo que hoy vive un hermano enfermo puede que en un tiempo sea yo o algún ser querido quien lo experimente; por ello no pueden sernos indiferentes, más bien estamos llamados a comprometernos.

Para comprender mejor estas experiencias que se pueden presentar en la vida del enfermo quisiera mencionar principalmente las siguientes ((Ver Pedro Laín Entralgo. El médico y el enfermo, Guadarrama, Madrid 1969)):

Sentimiento de invalidez: experiencia de no ser capaz de afrontar la vida cotidiana de manera usual de no poder sobrellevar el dolor y el sufrimiento, de no poder valerse por sí solo.

Molestia: Sentirse enfermo es una circunstancia que representa incomodidad, salir de la rutina, romper con esquemas y paradigmas. Por ejemplo, lo molesto que puede resultar estar hospitalizado, someterse a tratamientos dolorosos, la incertidumbre sobre un diagnóstico, entre otras.

Amenaza: pensar que la enfermedad y circunstancia actual representa un riesgo permanente para el estado de salud y posiblemente la vida.

Centrarse en lo corporal y físico: la existencia empieza a girar en torno a la enfermedad, la principal preocupación y valor puede ser el lograr la salud física completa y se pierde de vista la atención de las otras dimensiones.

Soledad: no es sólo física, es decir cuando hay muchos que en medio de su enfermedad están solos y abandonados; sino el sentimiento de soledad interior, por no ser comprendido, acogido y escuchado.

Recurso: para algunos la enfermedad representa una oportunidad, una ocasión para mejorar, para cambiar; para otros puede ser también una ocasión para logar captar la atención, para pedir afecto poco recibido. La manera como se vea la enfermedad en todo caso estará marcada por la personalidad, la cultura, la espiritualidad.

Conclusión

Con lo anteriormente descrito, podemos concluir que toda vida humana es un don precioso de Dios, que no se ve afectada a pesar de algunos aspectos que sin ser poco importantes no son esenciales ni fundamentales; por ejemplo, el estado de salud, las cualidades físicas, la inteligencia, los logros y realizaciones, entre otros. La dignidad radica especialmente en la realidad trascendente de todas las personas. Es por eso, que la condición de limitación y enfermedad no es excusa para acoger con reverencia a los otros; más bien es en estas circunstancias que se nos invita a comprender a los demás en todo aspecto y circunstancia, a contemplarlos y valorarlos como Dios mismo hace con cada uno de nosotros.

© 2016 – Álvaro Díaz Díaz para el Centro de Estudios Católicos – CEC

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