¿ES POSIBLE LA ANTROPOLOGíA SIN LA PERSONA?

Tema Filosofia Autor José Rey de Castro Esposto

 

El texto que se presenta a continuación es mi participación en un panel que tuvo como tema de fondo los desafíos antropológicos de las neurociencias (Arequipa, 2012)

Considero que el título de estas reflexiones es una pregunta esencial para todos los que creemos que la situación del hombre no es una realidad epistemológica y hermenéuticamente acabada. Las neurociencias, más allá del valor que podamos darle, son muestra de lo que aún falta por conocer y entender del misterio humano.

¿Quién soy?: una pregunta ancestral

La pregunta por nuestra propia naturaleza es una “constante universal”, tan antigua como el hombre mismo. Para iniciar esta breve exposición mostraremos algunos rasgos de esta inquietud en el pensamiento griego, que consideramos relevantes con relación a los temas tratados esta noche y que nos abrirán el paso hacia el estudio de la persona naturalmente abierta a lo trascendente.

Alcmeon de Crotona, filósofo presocrático que vivió entre los siglos VI y V a.C., fue el primero en afirmar que el cerebro es asiento de las emociones y del entendimiento, y por tal motivo, es considerado el fundador de la Psicología empírica (Russo Delgado 1988, 219). Concibió la salud como ἰσονομία (equilibrio y mezcla proporcionada de elementos orgánicos) y la enfermedad como μοναρχία (prevalencia de un elemento sobre los otros).[1] El naturalismo que podemos percibir, sin embargo, no parece haber estado cerrado a la trascendencia. Según algunos académicos, como Rostagni y Guthrie, el filósofo de Crotona creía en la existencia de una duplicidad de almas, una de ellas somática y mortal (ψυχή) y otra superior e inmortal (δαίμον o εϊδωλον) (Russo Delgado 1988, 222).

Otro pensador griego que nos ayuda en nuestra reflexión es Diógenes de Apolonia (segunda mitad del siglo V a.C.). Pensador ecléctico[2] que recoge la obra de Anaximandro, Anaxímenes, Anaxágoras, Leucipo, Heráclito y el ya mencionado Alcmeon de Crotona. Realiza una síntesis original y valiosa que, entre otras cosas, aporta a la investigación acerca de la naturaleza humana.[3] Según Diógenes, «el cerebro tiene el máximo poder dentro del hombre… es el que causa la inteligencia».[4]

Diógenes considera que si no existiese algo sustancialmente común a todos los seres, sería imposible cualquier tipo de interacción entre ellos. Este principio común es divino e inteligente, dirige las cosas hacia lo mejor[5] y es eterno e inmortal.[6] Diógenes lo llama Aire en general y en particular —en su presencia en los organismos vivos— es la Respiración. Es principio vital del universo, que gobierna al hombre y a todas las cosas.[7] Gracias a este principio común —que está dentro y fuera de nosotros— tenemos vida, percepción sensible y actividad racional[8]. Este principio se transmite en el hombre a través de la sangre.

Aunque las reflexiones naturalistas de estos filósofos resulten limitadas e insuficientes para comprender la complejidad del ser humano, ellas son testimonio de una preocupación seria por comprendernos mejor y de manera integral, es decir, lo biológico en relación a lo psicológico y a lo espiritual.

La persona: una respuesta integral

Luego, las reflexiones de Sócrates, Platón y Aristóteles presentarán un panorama más consistente en cuanto a la comprensión de lo humano. Sin embargo, es gracias al cristianismo que surge un nuevo concepto de persona que trasciende sus orígenes greco-latinos y las intuiciones de los filósofos griegos.

San Agustín, en su maestría para penetrar en lo interior de la persona, sostiene que es indubitable la experiencia de la propia existencia y de la interioridad: «¿Quién podrá jamás dudar de que vive, recuerda, entiende, quiere, piensa, sabe y juzga? Por cuanto si duda vive, si duda, recuerda por qué duda; si duda, entiende que está dudando; si duda, es que quiere llegar a la certeza; si duda, luego piensa, si duda sabe que ignora algo; si duda es porque juzga que no conviene consentir a la ligera».[9] Esta aproximación integral del santo de Hipona dista mucho de la reducción cartesiana a la propia consciencia y pensamiento.

Al aproximarnos a la noción de persona podemos hacerlo —como San Agustín—desde los diversos aspectos que experimentamos de manera directa, como por ejemplo: la capacidad de conocimiento, el lenguaje, la libertad, la sensibilidad espiritual, la referencia al mundo por contraposición al entorno inmediato y la referencia a Dios. También podemos aproximarnos metafísicamente a esta noción desde la intuición intelectual del ser propio o ajeno que es asiento de aquellas experiencias que hemos señalado. No sólo hay la experiencia sino que se sabe que esa experiencia es propia —única e irrepetible— al mismo tiempo que es universal —todos los seres humanos se experimentan de manera semejante—.

Desde esta segunda aproximación, la persona es un sujeto ontológico último, es una sustancia individual de naturaleza racional, como la definió Boecio, y ello implica una existencia incomunicable.[10] Además, la persona es un sujeto que se distingue de otros seres individuales por su dignidad.

La persona humana no es un atributo de otra cosa sino que subsiste en sí misma en el ser. Es un alguien autónomo, no un ser inherente a otro. En él es en quien se entienden el alma y el cuerpo como constitutivos esenciales de la persona; en cuya íntima unidad, permanecen y se despliegan las dimensiones biológicas, psicológicas y espirituales que ambos principios constitutivos suponen.

Podríamos decir que no sólo es necesario tener el esse y la esencia para constituir una persona, si no es libre y autónomo, nadie es realmente persona si sólo es un objeto intencional de nuestra conciencia. Los personajes ficticios de una novela no son personas en sentido estricto porque su ser y sus actos dependen de otros sujetos. De lo cual podemos también comprender que la persona, al ser sustancia espiritual real, es esencialmente un ser vivo. El cadáver no es persona ni puede ser propiamente sujeto de los derechos de la persona.

El ser de naturaleza espiritual de la persona es absolutamente indivisible. Se expresa en un yo autoconsciente aunque no se reduce a él, la persona es más que fenómenos de conciencia y más que las relaciones neuronales que pueden causar o recibir los actos conscientes. Por lo cual la persona no se puede identificar sólo con una sustancia material compuesta de partes distintas.

La experiencia del amor es reveladora de la particularidad del ser personal. Tanto en esta experiencia como en la de ser capaces de asumir responsabilidades y en la libertad moral, se evidencia la singularidad de la persona humana que, en un sentido cualitativo es distinta a la de otros seres no personales, la irrepetibilidad de la persona humana es una cualidad del ser muy profunda.

Las aproximaciones fenomenológicas y las ontológicas confluyen para entender a la persona como un centro a partir del cual nacen las diversas relaciones con uno mismo y con el entorno.

Nos preguntamos ahora: ¿Qué es lo que específicamente nos constituye como personas? Responderemos desde una vía negativa.

No parece ser que seamos lo que tenemos porque el afirmar tengo implica situarse por encima de aquello que es poseído y distinguirse de ello. Aunque esta posesión sea de tales características que pueda afectar mi interioridad, nos queda claro que no hay identidad entre ambos.

Tampoco parece ser que seamos nuestro cuerpo; y esta expresión implica distinguir el cuerpo de una posesión como la que se habló en el párrafo anterior. Las diversas funciones biológicas que tenemos tienen lugar desde una unidad. Tenemos la experiencia de ser yo que respiro, duermo, siento, etc.; experiencias que no sólo se refieren a aspectos materiales sino que hacen referencia a un centro interior distinto a estas funciones y capaz de relacionarlas. Por otro lado, estas funciones son expresión de uno mismo. La experiencia de dolor nos puede ayudar a entender mejor cómo hay un carácter muy particular a pesar de la generalidad del estímulo. Por tanto, si bien el cuerpo dice algo —y no poco— de nosotros, no hay identidad entre cuerpo e interioridad.

Tampoco parece ser que seamos nuestra psiqué porque, además de lo argumentado acerca del cuerpo, que impediría que me defina tan sólo por mis dinamismos psíquicos, tengo la experiencia de estar por debajo de estos dinamismos como quien los sustenta. El carácter, formado por una amplia diversidad de factores a lo largo del tiempo, es una caracterización de mi yo, es la forma como éste se expresa. Descubro, además, que a lo largo de mi vida he experimentado diversos estados psíquicos opuestos que a pesar de su intensidad categorizo como míos, como sucesos de mi yo. Ciertamente, no tratamos de afirmar que todos ellos sean tan sólo accidentes extrínsecos de mi ser personal sino que, en muchos casos, serán accidentes intrínsecos ligados esencialmente a lo más interior de la persona pues son manifestaciones concretas y particulares de cómo la persona deviene en la realidad.

Los diversos aspectos que hemos analizado, yendo desde lo más exterior a lo interior, nos han dado algunas luces; sin embargo, al mismo tiempo han revelado que somos un misterio, no puedo conocerme de forma exhaustiva, agotando cada resquicio de mi ser. San Agustín testimonia esta cualidad ontológica de la persona humana, el ser misterio, de una manera muy intensa en sus Confesiones pero al mismo tiempo afirma que sólo con la apertura a Dios es que podemos conocer esa misteriosa interioridad: «Guiándome Vos, entré hasta lo más íntimo de mi alma; y pude hacerlo así porque Vos os dignasteis darme auxilio y favor. Entré y con los ojos de mi alma vi sobre mi entendimiento y sobre mi alma misma una luz inconmutable, no esta vulgar y visible a todos los ojos corporales».[11]

Esto que San Agustín llama lo más íntimo o interioridad podemos describirla metafísicamente como la naturaleza espiritual o, fenomenológicamente, como el estar en sí mismo o mismidad. Esta mismidad es un centro que integra lo que tengo, mi cuerpo y mis dinamismos psíquicos; ella guarda relación con estos aspectos de nuestro ser personal pero se distingue de ellos. Es por eso que nuestro cerebro y sus diversas relaciones psicosomáticas e incluso las repercusiones espirituales que éstas puedan tener, no agotan por sí mismo el quién soy sino que nos remite necesariamente a este centro que hemos llamado mismidad. Este núcleo espiritual es irrepetible, lleva inscrita la vocación particular y los dinamismos a través de los cuales esta se despliega en la historia de cada uno.

Antropocentrismo teologal

Una de las mayores dificultades para comprender el concepto de persona en el contexto cultural de la llamada postmodernidad es el rechazo a la metafísica heredado desde la modernidad kantiana y sus fundamentos cartesianos. Al abandonar la reflexión sobre el ser en cuanto tal nos hemos quedado en muchos ámbitos de la cultura con una aproximación al ser humano autoreferida. Desde una visión pragmatista se vive una reducción de la persona al quehacer, por lo cual el hombre puede ser fácilmente visto como el que se hace a sí mismo, sin la referencia a un sentido que vaya más allá de sus obras y su pura subjetividad.[12]

Este rechazo a los fundamentos metafísicos de la realidad tiene consecuencias en la comprensión del hombre. Si bien muchos elementos de la cultura hodierna parecen girar en torno a la persona humana, el siglo XX y nuestro siglo son testigos de innumerables atropellos masivos a su dignidad. No vamos a analizar las causas de cómo la cultura que naturalmente debiera ser el cultivo de lo humano se ha vuelto en contra de él, sino sólo queremos señalar que hace falta volver a lo humano y ello necesariamente conlleva la apertura a lo trascendente, al misterio que sólo puede esclarecerse en el misterio de Dios mismo.[13]

La teologalidad de la persona no puede soslayarse tan fácilmente y a pesar de las diversas formas en que fácticamente se dimite de lo humano, no ha desaparecido la nostalgia de infinito, la cual sigue siendo una luz inagotable de esperanza.

No es posible en nuestro tiempo plantear una antropología sin tener en cuenta la noción de persona. Hacerlo implicaría negar siglos de reflexión y relegar todo lo verdadero que esta noción tiene, que plasmada en muchos pueblos a lo largo de la historia ha cooperado a construir sociedades más justas y fraternas.



[1] Aristóteles sostiene la mutua relación entre el pitagorismo y Alcmeon. Cf. Metafísica 986a 22ss.

[2] Cf. G.S. Kirk, J.E. Raven y M. Schofield, Los filósofos presocráticos, Editorial Gredos, Madrid2 1987, pp.607-608.

[3] Simplicio da testimonio de que Diógenes escribió sobre la naturaleza humana (Aristóteles, Física, 151,20).

[4] DK 64 C 3a.

[5] Cf. Diógenes de Apolonia, fragmento DK B 3.

[6] Cf. Diógenes de Apolonia, fragmentos DK B 7 y 8.

[7] Cf. Diógenes de Apolonia, fragmento DK B 5.

[8] Cf. Teofrasto, fragmento DK 64 A 19.

[9] San Agustín, De Trinitate, X, 10, 4. La cita continúa con: «Quien duda, pues, de otras cosas, de éstas no debe dudar; porque sin ella no es posible siquiera tener duda».

[10] Cf. Ricardo de San Víctor, Trin. 4,22.

[11] San Agustín, Confesiones VII, 10.

[12] Cf. Sartre

[13] Cf. Conciliio Vaticano II, Gaudium et spes, 22. No es sólo la Iglesia la que hoy llama a ese verse a la luz de Dios desde lo más profundo de uno mismo, desde la mismidad; sino que los antiguos filósofos griegos, como Platón, tenían claro que la auténtica sabiduría humana culmina en Dios como su fuente más excelsa.

 



Tags neurociencias, antropologia, persona Publicación 2013-01-02

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